De la gráfica a la radio y la televisión, dejó una huella que trascendió géneros y formatos.
“Todo lo que usted escuchó sobre él es cierto”: la frase, con la que la película “Amadeus” definió a su protagonista, podría ser aplicada a la vida y obra de Chiche Gelblung, el hombre que hace medio siglo no sólo reinventó el periodismo gráfico, antes de ser estrella de la radio y la TV en los 90, sino que a la vez forjó una leyenda propia, que tuvo tantos admiradores como detractores (y muchos de ellos, si eran colegas, por una envidia no siempre bien enmascarada). Tuve la suerte de trabajar con él durante unos seis años, en Ambito primero y más tarde en Radio Libertad.
La carrera de Chiche, casi sesenta años de periodismo y siempre en primer plano, tuvo enormes éxitos y algunos fracasos, pero nada de lo que hizo fue sin pasión. Absolutamente nada: si algo lo aburría lo abandonaba e iba en busca de otra cosa. “El cielo es el límite”, repetía a sus más cercanos. No toleraba el achanchamiento, la rutina. Quiso probar todo, vivir todo, y no pocas veces debió cargar con sus equivocaciones.
Su pasión fue de todo menos contagiosa -al menos, no con el mismo fuego-, porque ponérsele a la par, en especial en sus años jóvenes, no era sencillo: para Chiche, el ejercicio de la profesión lo exigía todo, incluyendo la postergación de la vida privada, el descanso, las vacaciones, los francos. Su concepto del periodista estaba más cercano al del artista (con lo que supone de entrega total, y también de show) que al del trabajador que cumple un horario: durante sus años en la editorial Atlántida, donde llegó a dirigir la revista “Gente” y la transformó en un éxito sin precedentes, exigía a sus subordinados una entrega similar, lo que no siempre se materializaba u obedecía. Hasta sus superiores le temían, o desconfiaban, porque si bien las publicaciones que editaban crecían en tirada y publicidad gracias a él, sentían a la vez que se enfrentaban a una personalidad inmanejable que podría llevarlos fácilmente a cualquier clase de conflicto.
En su credo periodístico, no existía otra meta que la obtención de la mejor nota posible, y nada debía interponerse a ese fin: si era necesario viajar de un momento al otro, se viajaba al destino más insólito y peligroso; se camuflaba la identidad, se cruzaba entre balas en distintas guerras (¿estuvo en todos los frentes donde afirmaba haber estado?: eso también forma parte de su leyenda, que él mismo alimentó); se hurgaba donde nadie se había atrevido a hurgar; se pensaba lo que a nadie se le había ocurrido pensar. Y si la realidad se obstinaba en no ceder, se la vencía del modo que fuere (“Nunca permitas que la verdad se interponga entre vos y una buena nota”: esta es la frase más famosa que sus enemigos le atribuían, pero que él tampoco se preocupó por desmentir).






















