Para muchos, es una necesidad para recuperarse de los efectos nocivos de un sueño nocturno insuficiente, mientras que para otros, es una cuestión cultural que no tiene por qué estar relacionada con un estado de cansancio.
Para todos, la siesta es un verdadero placer. Sin embargo, quizá no se ha profundizado demasiado sobre su relación sobre ciertos marcadores que pueden entrañar un riesgo considerable para la salud.
Y ese es precisamente el espíritu de un reciente estudio internacional a cargo de expertos de las universidades de Murcia y de Harvard, que trató de dar respuesta a la incidencia de la siesta en la salud metabólica, teniendo en cuenta aspectos como la duración y otros como el momento de dormir y comer por la noche, la ingesta de energía durante el almuerzo, el consumo de tabaco y el lugar de la siesta, es decir, cama o sofá.
El trabajo, publicado en la revista Obesity, analizó los datos de 3.275 adultos de una población mediterránea que tenían la oportunidad de hacer una siesta, una costumbre culturalmente arraigada en la región, aunque hay que mencionar que sólo el 35% de los participantes dormía habitualmente después de la comida. Y de ese porcentaje, el 16% optaba por una siesta larga.





















